Vértigo

En un árbol de un bosque nació un pajarito. Su papá y su mamá le pusieron de nombre Voing y todos los días le alimentaban con pequeños gusanitos y trozos de fruta. Voing fue creciendo. Sus alas se llenaron de plumas y sus patas cogieron fuerza. Hasta que un día su mamá le dijo:

-Querido Voing. Ya estás preparado. Puedes salir del nido y empezar a volar.

Pero el pequeño Voing se asomó al borde del nido y, viendo lo alto que estaba, se asustó. ¡Tenía vértigo! No fue capaz de saltar.

Día tras día Voing se despertaba pensando que, por fin, se atrevería a saltar y volar como ya lo hacían sus amigos. Pero cada vez que se asomaba al borde del nido, el miedo lo atenazaba y Voing agachaba la cabeza y encogía con fuerza sus alas. Pensaba que lo conseguiría.

Ya terminaba la primavera cuando una mañana Voing vio que cerca del árbol donde vivía, allá abajo, en el suelo, había un pequeño huevo caído. Voing comenzó a piar todo lo fuerte que pudo, con la esperanza de que algún pájaro adulto lo oyese y pudiese rescatar el huevo. Pero todos los pájaros que podían volar se habían ido a buscar comida.

Quien sí oyó el piar de Voing fue un hambriento zorro que ya husmeaba el suelo, cerca del huevo caído.

-¡Lo va a encontrar! Se lo zampará de un bocado -pensó.

Sin tiempo para pensar, sin tiempo para sentir miedo, sin tiempo para nada, Voing saltó del nido. Movió sus alas por instinto y, para su sorpresa, ¡sabía hacerlo! ¡sabía volar! Pudo dirigir el vuelo hacia el huevo del suelo y cogerlo con sus patas, justo antes de que llegase el zorro.

Voing devolvió el huevo al árbol del que se había caído y volvió a su nido. Su pecho se hinchó, sus alas se abrieron ¡y saltó de nuevo!

Ilustración original de Grafikacesky, usada en los términos de Pixabay

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