¡Más alto!

Todos los domingos del verano, Mara bajaba al quiosco a comprar un flash. Sus preferidos eran los de naranja, aunque los de limón tampoco estaban mal. La dueña del quiosco era la señora Clotilde, que siempre atendía a Mara con paciencia y una sonrisa. Pero un domingo la señora Clotilde cogió un catarro y, en su lugar, era el señor Roberto Dueñas quien vendía los productos del quiosco. El señor Roberto, a primera vista, impresionaba: era el hombre más alto de toda la ciudad, su piel estaba llena de tatuajes de calaveras y de su cuello colgaban siempre collares con pinchos.

Cuando Mara llegó al quiosco y vio por primera vez al señor Roberto, con sus calaveras y sus collares, se asustó un poco. Mara dijo en voz baja y la cabeza gacha:

-Bu…Buenos días. Quiero un flash de naranja.

-¿Cómo? ¿Me lo puedes decir más alto? -respondió el señor Roberto.

¿Más alto? No hay problema, pensó Mará. Y se fue a su casa, cogió una escalera y volvió al quiosco. Mara se subió a la escalera y, más asustada si cabe por la altura, apenas susurró:

-Un flash de naranja, por favor.

-Mira, niña. No sé qué haces subida a una escalera pero, o me dices lo que quieres más alto, o así es imposible que te entienda.

¿Más alto que una escalera? ¡uff! ¡Qué difícil! Mara llamó a los bomberos, que acudieron raudos hasta el quiosco. Mara se subió a la cesta del camión de bomberos y les dijo:

-¡Más alto! Todo lo alto que llegue esto.

La escalera mecánica del camión de bomberos se estiró como un chicle gigante. Desde allí arriba, muy alto, Mara miró hacia abajó y, temblorosa y agarrada fuertemente para no caerse, pudo decir débilmente:

-Por favor: un flash de naranja.

El Señor Roberto no daba crédito a la situación y, desde el suelo, solo pudo ver cómo Mara movía la boca. Pero estando tan lejos, no escuchó nada.

-¡Ey! Si quieres que te oiga, tendrás que decirlo ¡muuuucho más alto! -vociferó.

¿Muuuucho más alto? La cabeza de Mara daba vueltas pensando en cómo poder hablar «muuuuucho más alto». Y encontró la solución: se subió a una nave espacial, los motores rugieron, la nave ascendió y, desde la estratosfera, Mara dijo:

-Aquí nave a control. Se solicita flash de naranja.

Mientras, abajo, en el quiosco, ajeno a la misión espacial de Mara, el señor Roberto leía tranquilamente un periódico.

Mara, muy enfadada porque no conseguía su flash por alto que lo pidiese, volvió a la Tierra, fue directa al quiosco y gritó:

-¡Quiero mi flash! ¡de naranja!

El señor Roberto pudo, por fin, entender lo que quería Mara y le dio un delicioso flash de naranja. A Mara, tanto le había costado conseguirlo, que esta vez le supo, incluso, más rico de lo normal.

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