Las porras

Cuando hace frío en invierno, cuando fuera hiela y sale vaho de la boca al respirar. Cuando te apetece frotar las manos y encoger los hombros, qué mejor desayuno que unas porras crujientes con un chocolate bien calentito.

Pero, para la pequeña Isa, pensar en porras no era algo agradable. Para ella, las porras eran, sin duda, la peor comida del día. ¡De todos los días! Fuese invierno o verano, hiciese rasca o solana, su merienda consistía en unas grandes, grasientas, flácidas y frías porras, cocinadas sin esmero vete tú a saber cuándo. Esas porras, al masticarlas, se convertían en una especie de chicle con sabor a aceite quemado. En una pastosa bola de comida a la que Isa daba vueltas y vueltas en su boca antes de poder tragarla.

Isa pasaba por ese trance diario en casa de su tía Manuela, que es donde merendaba, porque sus padres trabajaban de Sol a Sol.

Harta de masticar aquellas asquerosas porras, Isa optó por tomar medidas drásticas. Decidió que, en lugar de comérselas, subiría sin que la viesen al desván, metería las porras dentro de un viejo arcón y, pasados unos minutos, bajaría como si se las hubiese zampado. ¡Dicho y hecho! Cada día, Isa subía, dejaba las porras en el arcón y bajaba del desván contenta y tocándose la barriga como si la tuviese llena.

Pero la fatídica mañana del viernes, 13 de junio de 1965, la tía Manuela subió al desván, directa hacia el arcón, para coger un viejo vestido que tenía allí guardado. Al abrir la tapa del arcón vio que estaba repleto de porras y supo de inmediato lo que ocurría: ¡Isa la estaba engañando! ¡No se comía las porras!

-Se quedará flaca y enana. ¡Si es que no come nada! -gruñó contrariada.

Esa tarde, cuando la tía Manuela le dio las porras a Isa, zapatilla en mano, le advirtió:

-Sé lo que estás haciendo. Como vuelvas a engañarme ¡ya sabes lo que te espera!

Isa subió al desván, consciente de que ya no podría esconder las porras en el arcón. Se puso a pensar qué podía hacer. Si no podía tragar las porras y tampoco podía esconderlas…

-¡Ya sé! -se dijo-. ¡Tiraré las porras por la ventana! ¡Bien lejos, para que nadie las vea!

Isa se acercó a la ventana, sin asomarse, para permanecer oculta, y lanzó las porras con todas sus fuerzas.

Esperó un poco y bajó las escaleras, solo para comprobar, con terror, que allí estaba la tía Manuela, zapatilla en mano… y porra en cabeza.

-¿Se puede saber cómo es que esta porra ha golpeado mi cabeza? ¿Tienes algo que contarme, Isa?

Isa, con voz temblorosa y esperando ya el inminente zapatillazo, respondió:

-Tita, es que yo… no soy capaz de comerme las porras. De verdad que lo he intentado, pero no puedo.

-¿Cómo? ¿Qué no puedes comerte las porras? ¿Mis porras? ¿Mis deliciosas y exquisitas porras?

-Bueno tita, verás, es que yo soy más de salchichón, ¿sabes?

-¡Pues haberlo dicho! Que ya me comeré yo todas las porras, desagradecida.

Desde aquel día, Isa merendó gustosa un buen bocata de salchichón y a la tía Manuela, pasados unos meses, ya no la llamaban Manuela, sino Manuelona. Imagina por qué.

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