¡Por las barbas de mi abuelo!

A Luke le gustaba estar solo. No le gustaba hablar. Tampoco le gustaba hacer cosas con otras personas. Como le gustaba estar solo, Luke dejó la ciudad y se fue a vivir lejos, a las montañas.

Construyó una cabaña en un remoto valle. Allí él era feliz, sin nadie alrededor que le importunase. Solo había ríos, rocas, pastos y unas vacas que criaba.

-¡Por las barbas de mi abuelo! -se decía siempre Luke-. ¡Qué bien vivo aquí solito!

Pasaron los años, muchos años ¡30 años! Hasta que un día, una cartera llamó a la puerta de su cabaña:

-¿Señor Luke? Aquí tiene. Carta para usted.

-¿Para mí? -preguntó Luke, mientras cogía la carta y miraba el sobre para ver quién la había enviado.

-¡Por las barbas de mi abuelo! -dijo Luke, sorprendido- ¡Una carta de mi abuelo!

Aunque hacía mucho tiempo desde que no lo veía, Luke recordó a su abuelo: era un hombre simpático, amable, y tenía una barba larga, muy larga. Tan larga que casi le llegaba a la barriga. Luke abrió la carta y la leyó:

“Querido Luke:

Sé que no te gusta la ciudad, pero quisiera invitarte a que vinieras solo una vez, a mi cumpleaños. ¡Voy a cumplir 100 años! ¡Un siglo nada menos! Estoy muy viejo, y me gustaría verte antes de morir.”

-¡Por las barbas de mi abuelo! -dijo Luke-. ¡Mi querido abuelo va a cumplir 100 años!

Luke decidió que no defraudaría a su abuelo. Iría a la ciudad. Tenía algo de miedo, porque habían pasado 30 años desde que se marchó. ¿Habrían cambiado mucho las cosas, o estaría todo igual?

Luke se montó en el tren que llevaba a la ciudad. El tren comenzó a moverse y aceleró.

-¡Por las barbas de mi abuelo! ¡Qué velocidad! ¡Cómo corren estos trenes modernos!

En el viaje, Luke se fijó en que mucha gente usaba un extraño aparato que no paraban de mirar, teclear y pegarse a la oreja.

-¡Por las barbas de mi abuelo! -se dijo- ¿Qué rayos será eso? -Luke no lo sabía, pero eran teléfonos móviles.

Luke llegó a la ciudad y, al bajarse del tren, se dirigió a la casa de su abuelo. En lugar de la vieja casa, había un rascacielos. Y ¿qué creéis que dijo?

-¡Por las barbas de mi abuelo! ¡Es tan alto como una montaña!

Llamó al timbre, y la puerta se abrió. Era su hermano.

-¡Bienvenido Luke! ¡Cuánto tiempo! El abuelo se va a poner muy contento al verte.

Entraron dentro de la casa, al salón. El viejo abuelo estaba allí, sentado junto a la mesa, a punto se soplar las velas. Al ver a Luke, se levantó, abrió los brazos y exclamó:

-¡Querido Luke! ¡Qué alegría!

Luke, sin moverse, miró a su abuelo y solo pudo decir:

-¡Por las barbas de mi abuelo! Abuelo, ¡cómo has cambiado! ¡Ahora no tienes barba!

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