Los chispibesos

En un rosado planeta vivían unos seres bípedos, recolectores y más bien nocturnos llamados los besucones. Para defenderse de sus depredadores los besucones contaban con un sistema diferente a las típicas garras, púas o cuernos; se valían de las chispas que centelleaban y sonaban con estruendo cuando dos besucones se abrazaban, frotaban o besaban. Con el tiempo, solo los más chisposos sobrevivieron y, finalmente, un pequeño beso entre ellos era suficiente para dar lugar a un chispazo colosal.

El control y manejo de las chispas les llevó con relativa rapidez a dominar el fuego y, a partir de entonces, los besucones colonizaron su planeta. Con todo, su mejor invento fue “el atrapachispas”: Los atrapachispas les servían para capturar la energía de las chispas y guardarla en pilas superenergéticas. Esas pilas son las que usaban los besucones para calentar el agua, cocinar e incluso moverse con sus chispicoches.

Así vivían los besucones, felices bajo su cielo rosa chicle, durmiendo en sus colchones de plumas de flamenco y disfrutando de las mejores cerezas, fresas y frambuesas de la galaxia. No todo era de color de rosa, desde luego, pues los besucones eran, habitualmente, demasiado promiscuos, muchos de ellos padecían diabetes, otros tantos mal de amores, y la prensa rosa era la única existente.

Nuestros queridos besucones estaban gobernados, desde tiempos muy remotos, por la dinastía de los Muac y así, en el año 12.345, subió al trono el rey Ricardo Corazón de Fresón. Ricardo Corazón de Fresón logró consumar uno de los mayores períodos de desarrollo nunca conocidos por los besucones. Desarrolló la red pública de distribución de chispazos, instauró grandes chisporroteos públicos, impulsó la investigación en trasplantes de corazón e iluminó los edificios con luces de vibrantes colores.

Todo parecía ir bien hasta que, súbitamente, el planeta quedó oscurecido. Las luces se apagaron. Los coches se pararon.

-Pero ¿qué ha pasado? -preguntó Ricardo Corazón de Fresón.

-Majestad, estamos consumiendo demasiada energía. La red de pilas del planeta está bajo mínimos.

Ricardo Corazón de Fresón dictó entonces una serie de normas para atajar la situación:

Primera: Todos los besucones debían aportar, al menos, la energía producida por cien chispibesos diarios a la red de pilas.

Segunda: Aquellos que deseasen casarse, hasta la fecha de la boda, aportarían como mínimo otros cien chispibesos diarios adicionales.

Tercera. Cada vez que dos besucones se cruzasen, debían de darse, obligatoriamente, al menos cuatro chispibesos.

La familia real, eso sí, permanecía exenta de estas obligaciones, por motivos que no quedaban del todo claros en la ley.

Desde entonces, cada día, Fresón pedía un informe sobre el Estado General de Chispas. Para su sorpresa, cada día la situación era más preocupante. Los besucones cumplían estrictamente las normas, sí, y el número de chispibesos recibidos era el esperado. Sin embargo, la energía no era suficiente y pronto llegaron las caídas de tensión, al principio, y luego los pequeños, medianos y grandes apagones.

-¿Qué está ocurriendo? ¿Cómo es posible? -Preguntó a sus consejeros el monarca.

-Verá, señor: los besos que se dan de forma obligada no producen la misma energía que aquellos dados libremente. Los súbditos no son libres para besar o dejar de besar, están tristes y de sus obligados besos apenas surge chispa alguna.

Fresón, consciente de la situación, se dirigió a sus súbditos diciendo:

-¡Besucones! En adelante, volvéis a ser libres para abrazar y besar solo a quien os plaza y cuando os plazca. Lo siendo mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir.

Desde entonces, los besucones son felices y disfrutan de sus eléctricas y apasionadas vidas, haciendo caso solo a los dictados de su corazón.

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