Un paseo por el cosmos

Algunas personas se quejan de que su vida es pura rutina. De que siempre tienen que hacer las mismas cosas. A otras, sin embargo, les gusta precisamente eso: repetir y repetir todos los días el mismo horario, el mismo trabajo, las mismas costumbres. Incluso, algunos, la misma comida. Ese tipo de gente vivirían bien si, en lugar de humanos, fuesen planetas. Porque un planeta hace siempre lo mismo: Cada año, da una vuelta a su estrella. Y luego, otra. Y otra. Y así durante millones de años. Como la Tierra, que cada año, da una vuelta al Sol. ¡Les gusta! Pero un planeta se ha cansado de estar siempre dando vueltas. Se llama Cupler, y se aburre.

-¡Menudo tostón! -dice Cupler al resto de planetas de su estrella-. Con lo grande que el universo y nosotros todo el tiempo aquí, girando como peonzas.

-¿Y qué quieres? -le responden-. ¡Eres un planeta!

-Sí, pero mirad allí, a lo lejos. El firmamento está plagado de puntos blancos ¡Cuántas estrellas! ¿Serán como la nuestra? ¿Vivirán allí otros planetas? ¡Decidido! ¡Me marcho! Ha llegado la hora de darme un buen paseo cósmico.

-¡Estás loco! -le replican- Te puedes perder en el vacío infinito o, peor, que te pille la explosión de una supernova y te engulla.

-No os preocupéis por mí. Volveré pronto, amigos.

Cupler, valeroso, abandona su órbita y, con una extraña sensación en su núcleo, pone rumbo al espacio exterior.

Se siente atraído primero por conocer de cerca un agujero negro. Le habían contado cosas terribles sobre ellos. Historias en las que los agujeros negros se zampaban planetas enteros. Pero Cupler no las cree. No tiene miedo.

-¡Conmigo no podrá! Soy más fuerte y más joven que los demás.

Cupler, confiado, se acerca al agujero negro. Para cuando se quiere dar cuenta, es tarde. El agujero tira con una inmensa fuerza de él, como si lo atrapase con una cuerda invisible. Cupler contempla horrorizado cómo otros pequeños planetas están siendo engullidos. ¡Las historias eran ciertas!

Justo a tiempo, Cupler reacciona y, con gran esfuerzo, sale pitando.

-Yo aquí no vuelvo -se dice-. ¡Vaya susto!

Decide entonces visitar una estrella muy brillante y muy caliente: una gigante azul. Cuando llega, se siente decepcionado. ¡Allí no vive nadie! Ni un solo planeta.

-Se habrán ido todos -piensa Cupler-. Aquí hay demasiado calor.

Pero Cupler no se desanima.

-Buscaré una estrella más fresquita.

Y se dirige a una estrella enana blanca. Es muy vieja y ya no calienta demasiado. Cupler se alegra al ver que allí orbitan muchos planetas.

-¡Hola a todos!

-Bienvenido, jovenzuelo. Hace mucho tiempo que no teníamos visita.

Cupler entabla amistad con los ancianos planetas de la enana blanca. Llevan allí tanto tiempo, que han visto de todo. Cupler alucina con las historias que le cuentan: como aquella en la que la galaxia se cruzó con otra cercana y por poco chocan. O cuando, hace mucho, un enorme cometa se estrelló contra uno de ellos. Todavía se puede ver el profundo cráter que dejó el impacto. ¡Qué dolor!

Cupler se siente integrado en el sistema, y la compañía es agradable, pero han pasado ya muchos años desde que salió de viaje y decide volver a casa.

-Me marcho, amigos. Me llevo vuestro recuerdo y vuestras historias. Gracias por todo.

Cupler, en su retorno, por pura casualidad, pasa cerca de la gran nebulosa de Orión. Es rosa, azul y violeta. Un regalo para los sentidos.

-¡Qué bonita! -exclama ensimismado.

Cuando regresa a su estrella, Cupler está satisfecho. Seguramente, dentro de mucho tiempo, hará más viajes. Viajes que durarán muchos años, dedicándose a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de nuevas vidas y nuevas civilizaciones, hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar. Pero ahora, de momento, se queda donde está.

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