El señor arcoíris

Rafael era pintor que solo pintaba personas o cosas que tuviese delante, porque no tenía memoria visual. Él no era capaz de recordar las formas ni los colores. Necesitaba siempre un modelo en el que fijarse.

Un día, hablando con su amigo Miguel, este le explicó lo que era un arcoíris, pues Rafael nunca había visto uno. Pero Miguel no supo decirle a Rafael el orden de los colores del arcoíris. A Rafael le entraron muchas ganas de pintar uno, así que fue en su busca.

Siguiendo las nubes encontró uno, pero no estaba preparado para pintarlo rápidamente, pues llevaba todo el material bien guardado en una maleta, y el arcoíris se disipó antes de poder terminar el dibujo.

Siguió buscando y esta vez lo tenía todo listo; andaba pincel y paleta en mano. Encontró un nuevo arcoíris y, ahora sí, pudo pintarlo entero. Guardó bien el lienzo, para poder usarlo de modelo y así poder dibujar más arcoíris.

Desde entonces, en todos sus cuadros, sean de lo que fuesen, incluía un arcoíris. Una montaña, con un arcoíris. Un río, con un arcoíris… Todos los días pintaba al menos uno. Pasaron los años. Se hizo viejo. Y ya nadie la llamaba ya Rafael: todos le conocían como “el señor arcoíris”.

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