El Restaurante Surprais

RESTAURANTE

El sonido de sus tripas le recordó a Melisa qué hora era: ¡la hora de comer! Miró a un lado y a otro de la calle. A pocos metros, en una fachada se podía leer: “Restaurante Surprais. Cocina experimental”.
-¡Qué suerte la mía! ¡Con el hambre que tengo!
Melisa entró en el restaurante y se sentó en una mesa. Un camarero la atendió:
-Buenas tardes. ¿Es la primera vez que viene?
-Sí.
-¿Qué le parece tomar un menú? Incluye primer plato, segundo plato y postre.
-¡Vale!
-Pues de primer plato hoy puede elegir entre “Rollitos de lecciones”, “Empanada mental”, “Cocktail de sabiduría” o nuestra afamada “Sopa baba”. Recién salida de la boca del chef, se lo aseguro.
-¡Uf! ¡Qué nombres más raros! A ver. Lecciones no quiero ninguna, la empanada mental no me gusta y lo de las babas me da un poco de asco. Tomaré el Cocktail de sabiduría. Gracias.
El camarero se dirigió hacia la cocina. En menos de un minuto estaba de vuelta.
-¡Aquí tiene! Uno provechoso Cocktail de sabiduría -dijo mientras dejaba sobre la mesa un plato lleno de trozos de cartulina.
Melisa cogió un trocito. En él estaba escrito: “por muchas vueltas que das, el culo te queda atrás”. Cogió otro: “el eco tiene siempre la última palabra”. Y continuó leyéndolos todos, incluido el que decía “nunca renuncies a tus sueños…duerme cinco minutos más”.
-¿Qué tal? ¿Eran sabias palabras? -le preguntó el camarero.
-Bueno… Sí -respondió Melisa, sin saber qué decir.
-Me alegra que le gustasen. De segundo hoy tenemos “Suela de zapato el pil pil”, “Tropezones de desamor acompañados de rayos de esperanza”, o “Surtido de pescado sin pescar”.
-Descartada la suela de zapato, que parece difícil de tragar, y como el desamor no me sienta bien, tráigame el Surtido de pescado sin pescar, por favor.
-¡Excelente elección! ¡No se arrepentirá!
El camarero se fue, y volvió al instante, con un plato completamente vacío.
-¡Et voilà! ¡Aquí está! Un suculento “Surtido de pescado sin pescar”. Creo que lo pescan mañana.
Melisa miró el plato liso y blanco. Atónita, tuvo que esperar un rato hasta que escuchó la voz del camarero:
-¡No ha dejado ni una miga, eh! ¿Tendrá un hueco para el postre, no? ¿Qué prefiere: “Virutas de goma a lo Michelin”, “Sorbete de aire casero” o “una Copa Esencial”?
-¡Traiga lo que quiera! -refunfuñó Melisa.
El camarero regresó, y esta vez no traía nada entre las manos. Tan solo hizo el gesto de dejar algo sobre la mesa, mientras decía:
-¡Espectacular esta Copa Esencial! Recuerde; El Principito: “Lo esencial es invisible para los ojos”.
-¡Me marcho de aquí! -dijo Melisa.
-Como quiera, pero antes tiene que pagar.
El camarero le entregó el ticket: ¡100 euros! ¡Si no había comido nada!
Melisa sacó de su bolso papel y bolígrafo. Escribió algo en el papel y se lo dio al camarero.
-Aquí tiene.
El camarero leyó lo que estaba escrito en el papel: “Este es un billete de 100 euros. Porque donde las dan, las toman”. El camarero levantó la vista, pero no vio a nadie. Melisa ya se había ido.

Fin.

 

Nota del autor: Existe un final NO infantil para este cuento. Es este…

Melisa pagó la comida y, sonriente, dijo:
-¿Sabe? Creo que volveré mañana, bien temprano. Aquí tiene mi tarjeta.
-¡Cuánto me alegro! Sabía que le había gustado.
El camarero estaba feliz, exultante. Entonces, leyó la tarjeta:
Melisa García. Inspectora de Hacienda.

Ilustración original de Mudassar Iqbal (Keatikar), usada en los términos de Pixabay

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