Caballero y gallina

Los habitantes de una lejana ciudad vivían con miedo, con mucho miedo. El motivo ¡un dragón! Un auténtico dragón rojo que había llegado hasta allí y sobrevolaba la ciudad, expulsando llamaradas de fuego con las que chamuscaba casas y jardines. Y sí, no hay por qué ocultarlo, también se comía ovejas, cabras y todo aquello que se movía, niños y mayores incluidos.

Solo cuando su panza estaba llena el dragón volvía a una montaña cercana y allí descansaba y roncaba plácidamente.

Nadie se atrevió a ir a la montaña para luchar contra el dragón hasta que llegó a la ciudad un caballero llamado Jorge, bien pertrechado con su armadura, su lanza y su afilada espada. Él era muy valiente, aunque no había podido demostrarlo. Su espada estaba afilada, sí, muy afilada… sin muesca alguna todavía.

Jorge, al entrar en la ciudad, se sorprendió al ver las calles vacías y silenciosas. En las plazas no había un alma. El silbar de un suave viento era lo único que se oía hasta que, finalmente, una voz salió a través de una ventana entreabierta.

– ¿Qué haces ahí fuera insensato?

– ¿Qué voy a hacer? Buscar un sitio donde encontrar reposo y alimento- respondió Jorge.

– No lo encontrarás. Todo está cerrado a cal y canto. Todos temen la venida del dragón.

– ¿Un dragón por estos lares? ¿Y quién tiene miedo a un dragón? ¡Yo no! -gritó Jorge-. Yo soy un valiente caballero. Iré en busca del dragón y lucharé contra él. Dime dónde está y volveré victorioso.

– ¿Seguro? ¡Allá tú si quieres perder la cabeza! Encontrarlo te será fácil; solo has de ir a la montaña.

Jorge, con ritmo alegre y muy decidido, se dirigió a la montaña montado sobre su noble corcel. No se veía todavía al dragón cuando comenzaron a escucharse a lo lejos sus ronquidos.

– ¡Arre! ¡Arre! –atizó Jorge a su caballo.

Pero el caballo lo había escuchado todo y no estaba dispuesto a enfrentarse al dragón.

– ¡Este tipo está loco! –relinchó-. Si quiere morir, que muera solo.

Y el caballo hizo un caballito y Jorge dio con sus huesos en el suelo. El caballo se fue por donde había venido y Jorge quedó malherido. Sin perder la compostura, se levantó y se limpió el polvo.

– ¡No importa! –se dijo a sí mismo-. ¡Ya sé! Necesito un animal más valiente que el caballo. Necesito… necesito… ¡un toro!

Jorge bajó la montaña y fue hasta un lejano prado, lleno de toros bravos. Sin pensárselo dos veces, de un salto se subió sobre el más grande de todos y lo agarró por los cuernos.

– ¡Vamos! ¡Vamos, torito! Vayamos hasta el dragón en busca de honor y gloria.

– ¡Ummmhhh! -respondió el toro, al parecer dispuesto a tan gran gesta.

Con paso firme avanzaron y, cuando llegaron a la montaña, ni los ronquidos, ni las enormes huellas, ni el nauseabundo olor hicieron mella en su ánimo. Estaban dispuestos a todo y llegaron hasta el dragón. La enorme bestia despertó y se puso en pie. Era tan alto como una torre. Tenía más dientes que un tiburón.

La valentía de Jorge seguía intacta ¡qué héroe! Pero la del toro, no. La valentía del toro se había ido y el toro dio media vuelta tras ella.

– ¡Detente! -le pedía Jorge sin soltar los cuernos-. ¡Hay que luchar contra el dragón!

No sirvió de nada. El toro seguía corriendo y bufando de miedo. Solo cuando estuvieron bien lejos de la montaña pudo Jorge detener al toro y bajarse de él. Jorge, antaño optimista, quedó cabizbajo, inmóvil y pensativo.

– ¡Cloc! ¡Cloc! ¡Cloc!

Junto a Jorge una gallina.

– ¡Cloc!

– ¿Qué quieres gallina? ¿No ves que estoy deprimido? Soy un caballero sin caballo, un héroe sin leyenda, un vencido por un dragón que no luce ni un rasguño.

– Eso tiene solución -respondió la gallina-. Móntate sobre mí y juntos le venceremos. ¡Te lo aseguro!

– ¡Ejem! -carraspeó Jorge-. Verás, no sé cómo decirte esto sin que suene feo pero es que tú eres una gallina ¿sabes? Gallina, o sea, cobarde por definición. ¿Entiendes?

– Entiendo perfectamente -replicó la gallina-. El que no entiende nada eres tú. Puedes seguir ahí, dándote pena a ti mismo, o puedes montarte sobre mí y comprobar lo que digo. ¿Qué es lo que prefieres, aprendiz de superhéroe?

Jorge pensó que, en realidad, no tenía ya nada que perder.

– ¡De acuerdo! Pero, si te das la vuelta al ver al dragón, te perseguiré, te atraparé y haré rico caldo contigo.

Jorge se puso a horcajadas sobre la gallina, con los pies en el suelo y la lanza bajo el brazo, y de esa guisa se dirigieron a la montaña. Para sorpresa de Jorge la gallina no se amilanó y juntos llegaron hasta el dragón.

El dragón levantó su cabeza lentamente, abriendo un ojo y luego el otro. No daba crédito.

– ¡Grrrrhh! ¡Pero qué es esto! ¡Qué imagen más patética! ¿Un caballero sobre una gallina? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Buenísimo! ¡Magnífico! ¡Ay! ¡Que me da la risa!

Y así fue: el dragón reía y reía sin parar. Tanto rió que sufrió un ataque, un ataque de risa. Fue un ataque fuerte, muy fuerte, del tamaño de un dragón. Un auténtico patatús.

– ¡Ay! ¡Que me da! –gimió el dragón mientras su cuerpo se ponía rígido como una estatua. ¡Ayyyyy!

El patatús había hecho que el corazón del dragón se parase y tan fantástica criatura se balanceó hacia un lado cayendo a plomo y quedando tendida y sin vida en el suelo.

– ¡Lo conseguimos! ¡Hemos vencido al dragón! –exclamó Jorge.

– ¡Cloc! ¡Cloc, cloc! ¡Cloc, cloc! –hizo lo propio la gallina.

Jorge y la gallina regresaron a la ciudad y anunciaron, sin entrar en muchos detalles, que habían vencido al dragón. La noticia corrió como la pólvora. Las calles se llenaron de gentes que, alegres, cantaban y aplaudían. ¡Se montó una gran fiesta! La celebración duró muchos días y Jorge pudo, por fin, comer y descansar cuanto quiso. Hasta la gallina engordó, quizás demasiado para no temer por su vida.

Deseosos de nuevos y peligrosos desafíos, Jorge y la gallina salieron de la ciudad y marcharon lejos, muy lejos, a otros lugares donde vivieron muchas aventuras: las fabulosas e increíbles aventuras ¡del Caballero Gallina!

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