Moisés y el cocodrilo

Moisés vivía en un pequeño pueblo cerca del río Nilo. Cuando Moisés cumplió 6 años, le regalaron dos cosas: una caña de pescar y una pecera.

-¡Pero la pecera no tiene peces! -se quejó.

-Claro, pero ahora tienes una caña. Tendrás que conseguir los peces por ti mismo.

Moisés se fue con su caña al río y la lanzó para conseguir su primer pez. No tuvo que esperar mucho porque, al poco tiempo, la boya se hundió. ¡Qué suerte! ¡Ya había picado! Recogió el hilo con el carrete hasta sacar al pequeño animalito fuera del agua. Al acercarse, Moisés se dio cuenta de que lo que había mordido el anzuelo no era un pez; ¡era un cocodrilo recién nacido!

Con gran cuidado, Moisés liberó al pequeño reptil, lo cogió entre sus manos y volvió corriendo a casa para dejarlo dentro de la pecera.

Durante los días siguientes, Moisés alimentó al cocodrilo con pequeños trozos de pan y pescado. ¡Qué rápido crecía! Tanto, que pronto el cocodrilo ocupaba toda la pecera y prácticamente no podía moverse dentro de ella.

-Tendré que buscarle otro sitio -Pensó Moisés -. Ya sé…

Llenó la bañera y puso al cocodrilo dentro. Fue una gran idea, si no fuera porque Moisés necesita la bañera para bañarse. Tras varios días de duda, finalmente se atrevió a meterse dentro de la bañera… con el cocodrilo. Temeroso, le acarició el lomo y su larga boca. Al cocodrilo le gustaba, y Moisés pudo usar la bañera siempre que quiso.

Moisés siguió cuidando al cocodrilo y este, dentro de la bañera, no paraba de crecer. Creció tanto que la bañera se le quedó pequeña. Tenía que buscarle otro sitio.

-¡Ya sé!

Moisés llevó el cocodrilo a la piscina del pueblo. ¡Qué feliz estaba cocodrilo! ¡Cuánto espacio!

-Juega todo lo que quieras, cocodrilo. Mañana vendré a verte.

Al día siguiente, cuando volvió a la piscina, una multitud la rodeaba. Algunos lanzaban piedras o palos al agua. Temiendo por el cocodrilo, Moisés corrió gritando:

-¡No! ¡Tened cuidado! ¡No le hagáis daño! ¡El cocodrilo es mi amigo!

-No seas memo -le dijeron- eso es imposible.

De nuevo, una piedra fue lanzada hacia el cocodrilo y fue a caer a pocos centímetros de su cabeza. Sin otra salida, Moisés se lanzó al agua, con ropa y todo, y nadó hasta el cocodrilo. Al llegar a él, lo acarició como tantas veces había hecho. Cocodrilo se calmó. La lluvia de piedras y palos cesó. Todos callaban sorprendidos.

– ¡Lo veis! ¡Os lo dije! No permitiré que le hagáis daño -dijo Moisés.

-Pero ¡es un cocodrilo! A los demás sí nos morderá.

Moisés supo entonces lo que tenía que hacer:

-Lo devolveré al río. ¡Esa es su verdadera casa! Tenéis que dejarme llevarlo allí.

Todos estuvieron de acuerdo en que eso era realmente lo que había que hacer. Moisés acompañó al cocodrilo hasta el lugar en el que lo había pescado cuando no medía más que unos centímetros.

-Ve a nadar con los demás cocodrilos. Te gustará -dijo a modo de despedida.

Al día siguiente, Moisés se acercó al Nilo. Las aguas estaban tranquilas y por encima de ellas únicamente asomaban algunos juncos. Pero, entre los juncos, a Moisés le pareció reconocer una silueta conocida. De repente, su amigo cocodrilo salió disparado hacia la orilla y le golpeó con la cola en las piernas, girando y girando, lleno de alegría.

Y, desde entonces, todas las tardes, Moisés vuelve al Nilo y juega con cocodrilo al escondite subacuático, a buscar el palo, a saltar sobre las piedras, al esquí sobre cola, a… ya sabes… ¡a juegos de cocodrilos!

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