Las ardillas de Pepa

Pepa vivía sola. Sola y feliz en su coqueto y siempre ordenado apartamento. Tan solo cuando sus sobrinos la visitaban cierto caos se apoderaba de la casa. Un caos bienvenido, porque todos se divertían mucho y siempre acababan viendo una peli después de cenar.

– Ponnos “Alvin y las ardillas” -le pidieron.

Aunque había oído hablar de esa película, Pepa no la había visto nunca.

– De acuerdo -dijo Pepa-. Tiene buena pinta. Prepararé palomitas.

Como puedes suponer, a Pepa le gustó mucho “Alvín y las Ardillas”. Tanto, que decidió tener una ardilla de mascota. Al día siguiente fue a la tienda de animales.

– Hola. Quisiera una ardilla.

– ¡Qué buena elección! Y está de enhorabuena. Hoy tenemos promoción: ¡2 x 1 en ardillas y tortugas!

– ¡Qué suerte! Pues una pareja entonces.

Pepa, muy contenta, llevó las ardillas a su casa. Pronto se dio cuenta de que las ardillas necesitaban roer mucho; las ardillas royeron una pata de la mesa del salón y también el respaldo de una silla.

– ¡Qué traviesas! -pensó Pepa-. Les traeré unos juguetes de ardilla para que puedan morderlos y no rompan nada.

Las ardillas roían los juguetes, sí, pero también todas las demás cosas que pillaban por la casa: el cabecero de la cama les supo mucho a pintura ¡Puag! Por el contrario, las estanterías de la cocina ¡ummmhhh! ¡Deliciosas!

A pesar de estos ligeros contratiempos, Pepa estaba muy contenta. Su apartamento tenía peor aspecto, es verdad, pero disfrutaba de la compañía de las ardillas y jugaba con ellas todos los días. Con el tiempo, una de las dos ardillas comenzó a ponerse cada vez más gorda, hasta que un día ¡sorpresa! Ocho pequeñas ardillitas salieron de su barrigota.

– ¡Qué monada! -pensó Pepa- Míralas ¡qué pequeñitas! Diez ardillas en casa. ¡Qué bien!… ¡Oh! ¡Oh! ¿Diez ardillas? -Pepa estaba preocupada- ¡Se lo van a comer todo!

¿Qué podía hacer? Ella quería quedarse las ardillas, pero la situación se volvería insostenible con tantos dientes en casa. Tras pensar y pensar, encontró una solución: vendió su apartamento y compró una cabaña en el bosque. Una cabaña ¡de madera! ¿Es que se había vuelto loca? ¿Devorarían las diez ardillas su nuevo hogar?

No. Pepa no se había vuelto loca. Ir a vivir al bosque fue una gran idea. Las ardillas preferían las nueces, castañas y bellotas que encontraban en los árboles a las viejas vigas de la cabaña. Estaban la mayor parte del tiempo en el bosque y volvían para jugar con Pepa. También entraban cuando hacía frío, y se colocaban junto a Pepa, al calor de la chimenea.

Han pasado varios años desde que Pepa se fue al bosque y ahora, en las frías noches de invierno, Pepa, muy feliz, acaricia a sus ardillas. A sus cien ardillas (y subiendo).

Ilustración original de harshal07, usada en los términos de Pixabay

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