Rosa y Vallecana

Rosa y Vallecana eran las más jóvenes lobeznas de su manada.

Rosa era delgada y frágil, y su pelo era suave, casi aterciopelado. Le pusieron ese nombre porque nació en medio de un campo de rosas y, aunque su pelo no era rosa, su nombre le venía al pelo.

Vallecana era fuerte y grandota. Bueno, todavía no muy grandota, porque tenía que crecer. Pero, según las más sabias de la manada, cuando fuese mayor, podría llegar a ser tan alta como una potra. Le pusieron ese nombre porque nació en un valle nevado.

Un día, mientras buscaban una cueva donde refugiarse, Rosa pisó una piedra, con tan mala suerte que la piedra se desprendió y fue a dar justo en la cabeza de Vallecana, haciéndole una herida de la que empezó a brotar sangre. A Vallecana le dolió mucho y empezó a aullar. Rosa ni siquiera se atrevió a pedirle perdón, porque pensaba que Vallecana estaría enfurecida y le daría un buen mordisco. Así que Rosa evitaba acercarse a Vallecana, pues pensaba que Vallecana estaría siempre enfadada por la herida que le había hecho.

Así pasaron los días hasta que, para que volvieran a hacer algo juntas, sus madres les mandaron al bosque a cazar conejos. Lo que nadie sabía era que ese mismo día, a esa hora y en ese bosque, no eran las únicas buscando presas. Un cazador, con su larga escopeta cargada, esperaba apostado tras un árbol. Rosa avanzaba por el bosque mirando al suelo, buscando con denuedo huellas recientes de conejos. A su lado, Vallecana olfateaba el aire cuando, a lo lejos, divisó al cazador, que ya apuntaba a la indefensa Rosa. De inmediato, Vallecana empujó a Rosa, sonó un disparó que pasó silbando y las dos salieron por patas del bosque.

Rosa, todavía sofocada, dijo:

-Gracias, Vallecana, si no es por ti no lo cuento. Me has salvado la vida, y eso que estarás todavía enfadada conmigo.

-¿Enfadada? ¿Y por qué iba a estar yo enfadada?

-Por la herida que te hice con la piedra, ¿no te acuerdas?

-¡Ah! ¡Qué va! Si hace ya mucho que se me curó y, además, yo no me enfadé contigo; aquello fue solo mala suerte.

-Entonces ¿podemos ser de nuevo amigas?

-Por supuesto -dijo Vallecana- ¡a que no me pillas!

Ilustración original de Jonny Lindner, usada en los términos de Pixabay

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